cómplices, de entendernos con la mirada. Llegó a mi vida un febrero tremendamente frío y ayer, en otra mañana también fria, la acompañé hasta que murió.
Ha sido la perra más bonita del mundo, inteligente, cariñosa y divertida. Le gustaba hasta a quienes no les gustaban los perros; no he sido la única rendida a sus encantos.
Además, era una perra-gata. "Te quiero, pero ahora mismo estoy tranquilísima en mi rincón del sofá y no me apetece nada hacer el mico para entretenerte ¿entiendes?". Y claro, dicho así no había más remedio que respetar su espacio y su tempo.
Recuerdo un verano que pinté mi casa. Indiana tendría cinco meses y me ayudaba metiendo sus patas en la bandeja de pintura y llenando el suelo de huellas blancas. Con la energía de los 33 años recogí todo, limpié, pulí, abrillante, entreteniéndome especialmente en una mesa de mármol que tenía, y abrí el balcón de par en par para que se fuera el olor de la pintura.
Más o menos en cinco segundos, Indiana cogió carrerilla por el pasillo, brincó en la mesa abrillantada y al resbalar por el pulimento trató de frenar como un dibujo animado, caminando frenéticamente hacia atrás mientras me miraba con las cejas levantadas. Total, aunque acabó estrellándose un poquito contra la barandilla del balcón lo único herido fue su orgullo, en parte gracias a mis carcajadas.
También me viene a la memoria un hecho mucho más reciente, apenas hace un año y poco. Cuando volvía de la quimio y me hundía en el sillón, mi perra se tumbaba literalmente encima de mi, tratando de abarcarme. Primero pensé que quería hacerme mimos, después entendí que lo que pretendía era absorber mi malestar para evitarme sufrimiento.
La mejor perra y la mejor amiga. La lloraré siempre.