Hoy tocaba examen de marcadores tumorales, indicadores hormonales y otras guarrerías que hacen en los laboratorios con nuestra sangre cuando dejamos que nos tomen una poca. Pues me ha dicho mi oncóloga que estoy estupenda. Los marcadores tumorales son unas cosas que indican si tengo alguna célula proactiva que va de emprendedora por las venas. Mis células, tras cuatro sesiones de quimio rabiosa, han decidido invocar a la Virgen y quedarse como están, quietas, sin replicarse a lo Blade Runner. Y así las quiero el resto de mi larga o corta vida, sin chistar.
Las hormonas están como deben estar, atontadas y medio locas, pero todo indica que las aguas volverán a su cauce en algún momento. Es muy raro tener la menopausia a los 46, sobre todo por los sofocos y los cambios bruscos de humor (de malo a peor). Y otra cosa que no está bien es el colesterol. Nada para alarmarse, pero suficiente para ponerse a dieta y dejar el beicon donde debe estar, o sea dentro de los cerdos.
Mañana empiezo la terapia hormonal: más sofocos, riesgo (mínimo) de que al útero le pasen cosas en forma de pólipos, y quiza, a lo mejor, puede que sí o puede que no (me encantan la precisión científica) mi sangre se espese cual chocolate suizo y necesite pincharme heparina para evitar trombos. Hum, bonita perspectiva. Al ver mi ceja derecha en el cogote, mi doctora me ha dicho que no me preocupe, que no me va a pasar. "Ya, claro, pero es que con la quimio no me iba a pasar nada y un poco más y me encuadernan como objeto de estudio en una tesis doctoral sobre efectos secundarios". Pero ella, erre que erre, que a mi no, y que si, por ejemplo, un día se me pone una pierna roja, venga al hospital, así que quizá pase el verano mirándome las piernas, por si cambian de color.
A partir de ahora y durante los dos próximos años me controlarán cada dos o tres meses, dependiendo del criterio de las doctorazas que me llevan. Al final, todo se convierte en rutina.