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jueves, 6 de octubre de 2011

Steve

A los seis años me enamoré de la máquina de escribir del despacho de mi padre y cuando nadie miraba insertaba una hoja de papel en el carro y le daba a las teclas. Me parecía mágico que lo que pulsaba se convirtiera en realidad en el folio.
La magia continuó cuando el Mac llegó a mi vida, apenas cumplidos los 21, y me convertí en una apostol más de Apple. Un cacharro que me hacía la vida más fácil, me divertía y me hablaba en humano no podía ser sólo una máquina y pasé a llamarle “el bicho”.
Entonces aún no había leído “De Pepsi a Apple”, ni tenía la menor idea de que existía Cupertino, ni de que detrás de la pantalla monocromo de 12 pulgadas estuviera observando un genio impaciente, malhumorado, perfeccionista y visionario. Steve Jobs no vendía ordenadores, sino estilo de vida. Eras de Apple o de los otros. Yo he sido de todos, del que la empresa me pusiera encima de la mesa, para qué vamos a engañarnos, pero mi casa y mi corazón sólo pertenecen a la manzana del arco iris y hoy se lo reservo entero al tipo que facilitó que unos cuantos creyésemos que trabajar puede ser hasta divertido.


(Publicado primero en www.mariabarcelona.com)