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lunes, 23 de enero de 2006

Dejar de fumar engorda

viene a decir de forma resumida el artículo de la Fundación Eroski. Yo soy la prueba palpable, por si alguien lo duda aún. No puedo escribir mucho porque tengo que preparar unos canelones para mi mami. Se ha pasado el día en urgencias de Cruz Roja y no le han dado de comer, así que la he entretenido con un café con leche y unas galletas pero ahora ya empieza a rugir. Y como la tengo sentada a mi espalda, mejor no me la juego y le gratino lo que quiera, osea, unos canelones.

lunes, 9 de enero de 2006

Buen principio de año

Principalmente, porque hoy peso un kilo y setecientos gramos menos que hace una semana. El 2 de enero terminé de comer cosas ricas y empecé a engullir comida sana y eso. Un aburrimiento que da sus frutos. Sigo estando inconmesurable, pero casi dos kilos más cerca de Claudia Schiffer, por poner un ejemplo de fácil comprensión. Para olvidarme del hambre, esta tarde me he comprado dos pares de botas. Unas cortas, negras y superideales y otras altas, verdes y algo experimentales. Igual me sale un pelín caro dejar de comer. No sé cómo lo hago, pero no hay forma de ahorrar en esta casa... Respecto al humo, esta mañana me hubiera liado a caladas, algo que no me paso la noche de fin de año, ni tampoco la de Reyes, cuando cené con tres chimeneas. Y sospecho con una sonrisa que una de las chimeneas (San Xavi, ¡quién si no!) se contuvo y no fumó todo lo que quería, igual porque me senté a su lado. Ah, otra cosa buena: Llantiol es un café-teatro "sin humo". Hace siete meses y una semana me hubiera hecho el hara-kiri al acabar la función, pero ahora me alegro. Francamente, a mi me ayuda que no haya fumadores alrededor. Y no soy la única: una compañera de trabajo, que fuma como una desesperada, hoy ha confesado que está de peor humor que antes (la verdad, es que apenas se le nota; sigue siendo un encanto) pero que la ley anti-humo la está ayudando a rebajar el consumo de forma drástica: de casi dos paquetes a diez cigarrillos al día. Mientras unas dejan de fumar poco a poco, los estanqueros se rasgan las vestiduras porque venden menos, y ésto sólo es el principio. No es por molestar, pero ¿ese gremio no imaginaba lo que iba a pasar hace un año? Quiero decir que han tenido tiempo de darle vueltas a la reconversión del sector, ¿no?

lunes, 2 de enero de 2006

Sobrevivimos

Al parecer, ni los Polos se han derretido, ni se ha abierto la falla de San Andrés, ni la estatua de la libertad anda enterrada en arena hasta el cuello. La humanidad (de este lado de aquí) ha sobrevivido al primer día laborable sin tabaco. Y eso es bueno. En mi trabajo, algunas compañeras bajaban hasta la calle a hacerse un piti, y una de ellas ha comentado que estaba pasando por un momento tenso un par de veces, pero no ha habido suicidios colectivos. Y si los ha habido, ni punto de comparación con los de Nueva York en el 29.
Hoy sería un día excelente para mi si no fuera porque acabo de empezar la dieta. Ni por asomo confesaré el tonelaje al que he llegado en apenas siete meses; sólo apuntaré que empiezo a estar más ancha que alta, o que en caso de escoger boxeo como sistema operativo pertenecería a la categoría de peso welter. A la que cierre el portátil me lanzaré sobre las dos mandarinas que quedan en el frutero, acurrucadas la una contra la otra, porque tengo más hambre que el perro de un maestro de escuela ciego. Y mañana, oh jornada heróica donde las haya, empiezo la gimnasia en aguas profundas. He avisado en el trabajo que si no aparezco a media mañana me hagan el favor de enviar al Samur a mi gimnasio y busquen en el fondo de la piscina, por favor. Ah, casi se me olvida. Hoy hace siete meses que dejé de fumar. He superado los 8.500 cigarrillos no fumados y me he ahorrado más de 1.000 euros (en tabaco, porque como dice el sabio Extrujado, mejor no hacer cuentas de los invertido en comida para aplacar al mono... )

viernes, 30 de septiembre de 2005

Me fuman en estéreo

Hoy he estado en la joyería de Vicens y Eva. Les quiero. Son un encanto juntos y por separado y además me han proporcionado la enorme satisfacción de poder decir que si yo tuviera pareja me gustaría que funcionase como la suya... pero fuuuuuumaaaaaan todo el rato. Están tan unidos que cuando uno enciende un piti el otro le secunda. Preciosa imagen para enmarcarla en un corazón y añadirle un par de angelotes con arco, fechas y carcaj. En mi etapa de pre-ex-fumadora me resulta un poco difícil no ponerme nerviosita ante tanto humo a mi alcance y he de concentrarme en repetirme "no fumo... no fumo... ¡no fuuuuuumooooo, caramba!" (en vez de "caramba" iba a poner "coño", pero he considerado que no quedaba fino para el cyber y lo he omitido.) Antes de escribir esta nueva entrada me he dado una vuelta por la Escuela Eroski para dejarde fumar, que aunque no sea mi libro de cabecera (ese es "Peter y Wendy") me ayuda a pensar en otra cosa y a reafirmarme en la decisión. El sábado celebraremo el cumple de Vicens y volveremos a ser dos no-fumadores --su hijo de diez años Isaac y yo-- contra ellos y otras dos chimeneas, Marta y Xavi. Ah, por cierto, Marta sigue intentando dejar el cigarrillo pero el coco se le resiste y va acumulando mierda en el cuerpo. Va a ser un sábado estupendo (fiesta, risa, alcohol...) pero tensito. Volveré a caer en la comida. Y encima he prometido llevar canelones. Haré una bandeja de más, para cuando el hambre de madrugada ataque, que atacará. ¿Y si llevo pipas? Con no escupir las cáscaras en la alfombra...
Nota: He empezado a hace dieta. Cada gramo de menos es una "colina de la hamburguesa".
Nota 2: ¿Si digo que siento cierto placer, leve e inconcreto, ante el apocalipsis que se prepara para los fumadores en 2006 estoy siendo más mala que chunga, o las dos cosas?

miércoles, 7 de septiembre de 2005

Hoy he conocido a un caballero

He ido a donar sangre, a ver si ya tenía hierro suficiente y sí, hasta níquel me han encontrado (eso es de chupar la puerta de la nevera las noches que no recuerdo la combinación del candado.) El hombre-médico me ha pinchado un dedo, me ha tomado tanto la presión en el brazo que casi me abomba el cráneo y, tremendo momento protocolario, me ha preguntado el peso. Yo le he contestado "42 años" y le he ofrecido una sonrisa patética de "te lo escribo en un papelito, por favor". Él hombre-médico ha levantado una ceja y, menos mal, una comisura del labio, así que en una explosión de emotividad le he explicado que he dejado de fumar (con las orejas gachas) pero, profesional inflexible como pocos me ha vuelto a preguntar "¿peso?". Entonces, a lo Norma Desmon, le he dicho "68, 69, 72... ¡qué más da!" y el hombre-médico ha anotado en mi ficha "68". He vuelto a sonreírle, pero esta vez ya normal.