Mostrando entradas con la etiqueta Verano. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Verano. Mostrar todas las entradas
lunes, 9 de agosto de 2010
jueves, 2 de julio de 2009
jueves, 14 de agosto de 2008
Acabo de ver una de las peores películas de
la historia de cine: Mamma mía. Ya, claro, es muy fácil decir "cómo se te ocurre". Pues porque es verano, porque mi amigo Torrent me facilita muchos visionados que pagando no haría y porque una siempre tiene una hora y cuarenta y ocho minutos tontos y --todo el mundo tiene un pasado-- he bailado millones de veces las canciones de ABBA.
Volviendo a la película, Mamma mía, más que el título podría ser la cabreada exclamación de quien haya pagado por ver este bodrio. Meryl Streep, que desde Kramer contra Kramer hace de Meryl Streep, vuelve a hacer de ella, sólo que agitándose o sufriendo convulsiones que la directora trata de colarnos como bailes. Además, a punto de cumplir los sesenta se empeña en pasar por una jovenzuela de cuarenta y no, para qué engañarnos. ¿Será una venganza del director de casting debida a una vieja ofensa? ¿Cómo pueden enfundarla en un pantalón de peto y obligarla a ser la madre de una veinteañera rubia (Amanda Seyfried) con aspecto --y sólo aspecto--virginal?
Phyllida Lloyd es la directora de este casi seguro Razzie. Al parecer Lloyd, gran amante de la ópera, odia el pop. O el cine. O el pop y el cine. Si no es así, es imposible entender semejante engendro. Mamma mía! (creo que me he contagiado).
Voy a ser positiva: Christine Baranski, la mujer por quién más de un cirujano plástico debería pudrirse en una cárcel turca, defiende su papel con brío, valentía y profesionalidad. La mejor de todas sin duda.
Por lo que respecta a ellos, hay un empate técnico entre Pierce Brosnan y Colin Firth. Vale, si has llegado hasta aquí mereces saber que he visto Mamma-enqueestaríayopensando-mía por Colin. Pensé "si él participa no debe ser tan mala como prometen los anuncios de la tele". Casi veinte años ganándome la vida con la publicidad y sigo equivocándome al dudar de ella. Pues sí, la peli es tan mala. Qué digo "tan". Es tantarantán mala.
Volviendo a Pierce y Colin, el primero, cincuentón largo, sigue pudiendo descamisarse con dignidad. Olé Remington. Quién tuvo, retuvo. Encima, clase magistral para cualquier aspirante a actor, aguanta a pie derecho The winner takes it all entera aullada por una convulsa Meryl en un acantilado como lo que es, un señor y un actorazo. Otro la hubiera empujado.
Respecto a mi muy amado Colin, que últimamente se ha metido en berenjenales impropios de un caballero, lucha por dignificar veinte líneas de guión como sólo un actor d oficio sabe hacer. Qué lástima este chico, lo bueno que es y lo mal que escoje. Digo yo que será por dinero. ¿Publicará un anuncio en The Times pidiendo perdón en su nombre y el de su familia por haber participado en Mammadelamorhermoso, como hizo Paul Newman en un diario yanky tras actuar en El cáliz de plata?
El resto del reparto oscila entre insignificante, prescindible y patético así que no perderé el tiempo en pormenores.
Si tras está escolástica crítica aún crees que Mamma mía vale la pena, por favor, para y piensa. Existen terapias para esto que te pasa, tus amigos están a punto de regresar de vacaciones y la vida vale la pena.
Si la has visto y te ha gustado, igual te ha pasado como a miles de personas que nacimos en los sesenta y hemos caído en la tentación: ¿quién no ha bailado ABBA sobre la barra de un bar? Eso marca para siempre.
Vale. Te enrocas y te empeñas en decir que te ha gustado. Bueno, te quiero igual, aunque es posible que jamás quedemos para ir al cine, al menos comprando la entrada y menos si invito yo.
Aprovecho y te dejo puesto The winner takes it all tal y como siempre debió ser cantada, y por si a Meryl se le ocurre pararse en este bloc. Lo que está hecho, está hecho, pero queda el arrepentimiento y el acto de contricción. Es tu caso, Meryl, con éste último ya cumplirías.
Volviendo a la película, Mamma mía, más que el título podría ser la cabreada exclamación de quien haya pagado por ver este bodrio. Meryl Streep, que desde Kramer contra Kramer hace de Meryl Streep, vuelve a hacer de ella, sólo que agitándose o sufriendo convulsiones que la directora trata de colarnos como bailes. Además, a punto de cumplir los sesenta se empeña en pasar por una jovenzuela de cuarenta y no, para qué engañarnos. ¿Será una venganza del director de casting debida a una vieja ofensa? ¿Cómo pueden enfundarla en un pantalón de peto y obligarla a ser la madre de una veinteañera rubia (Amanda Seyfried) con aspecto --y sólo aspecto--virginal?
Phyllida Lloyd es la directora de este casi seguro Razzie. Al parecer Lloyd, gran amante de la ópera, odia el pop. O el cine. O el pop y el cine. Si no es así, es imposible entender semejante engendro. Mamma mía! (creo que me he contagiado).
Voy a ser positiva: Christine Baranski, la mujer por quién más de un cirujano plástico debería pudrirse en una cárcel turca, defiende su papel con brío, valentía y profesionalidad. La mejor de todas sin duda.
Por lo que respecta a ellos, hay un empate técnico entre Pierce Brosnan y Colin Firth. Vale, si has llegado hasta aquí mereces saber que he visto Mamma-enqueestaríayopensando-mía por Colin. Pensé "si él participa no debe ser tan mala como prometen los anuncios de la tele". Casi veinte años ganándome la vida con la publicidad y sigo equivocándome al dudar de ella. Pues sí, la peli es tan mala. Qué digo "tan". Es tantarantán mala.
Volviendo a Pierce y Colin, el primero, cincuentón largo, sigue pudiendo descamisarse con dignidad. Olé Remington. Quién tuvo, retuvo. Encima, clase magistral para cualquier aspirante a actor, aguanta a pie derecho The winner takes it all entera aullada por una convulsa Meryl en un acantilado como lo que es, un señor y un actorazo. Otro la hubiera empujado.
Respecto a mi muy amado Colin, que últimamente se ha metido en berenjenales impropios de un caballero, lucha por dignificar veinte líneas de guión como sólo un actor d oficio sabe hacer. Qué lástima este chico, lo bueno que es y lo mal que escoje. Digo yo que será por dinero. ¿Publicará un anuncio en The Times pidiendo perdón en su nombre y el de su familia por haber participado en Mammadelamorhermoso, como hizo Paul Newman en un diario yanky tras actuar en El cáliz de plata?
El resto del reparto oscila entre insignificante, prescindible y patético así que no perderé el tiempo en pormenores.
Si tras está escolástica crítica aún crees que Mamma mía vale la pena, por favor, para y piensa. Existen terapias para esto que te pasa, tus amigos están a punto de regresar de vacaciones y la vida vale la pena.
Si la has visto y te ha gustado, igual te ha pasado como a miles de personas que nacimos en los sesenta y hemos caído en la tentación: ¿quién no ha bailado ABBA sobre la barra de un bar? Eso marca para siempre.
Vale. Te enrocas y te empeñas en decir que te ha gustado. Bueno, te quiero igual, aunque es posible que jamás quedemos para ir al cine, al menos comprando la entrada y menos si invito yo.
Aprovecho y te dejo puesto The winner takes it all tal y como siempre debió ser cantada, y por si a Meryl se le ocurre pararse en este bloc. Lo que está hecho, está hecho, pero queda el arrepentimiento y el acto de contricción. Es tu caso, Meryl, con éste último ya cumplirías.
lunes, 4 de agosto de 2008
Todo el mundo está de vacaciones menos yo,
que estoy en paro. Hay una sensible diferencia entre tumbarse al sol con o sin trabajo, y si no que se lo pregunten a Leon de Aranoa.Entre que ya no tomo psicotrópicos y que la vida está peleona, lo único que me apetece escribir es cacaculopedopis y, como diría una tía mía muy estupenda, "si no puedes decir nada agradable es mejor no decir nada". Bueno, tampoco le hago mucho caso porque si lo hiciera me pasaría la vida callada como una muerta. La verdad es que tampoco escribo ni nada porque me da pereza.
Cosas memorables de la última semana:
Susanalacuidadora ya no es más cuidadora. Lo que empezó muy bien ha ido degradándose en apenas tres meses hasta ganarse a pulso la categoría "hijasdelagranputa" y ya no trabaja más en mi casa. Ciertas irregularidades, incluidos aperitivos a mi costa y siestas dignas de Obelix sufragadas por una servidora, han hecho que esta tipa saliera de mi casa tan rápido como fue posible. Se puede tomar el pelo a mucha gente durante poco tiempo, pero no se puede tomar el pelo a una persona todo el tiempo (o algo así creo que era),
La nueva cuidadora se llama Daniela. Tiene un hijo más que la otra (4 a 3) y tres años menos (28). Parece buena persona. Lo malo, para ella, es que tendrá que ganarse la confianza gramo a gramo (por poner una magnitud a la confianza). Con la otra he tenido bastante.
De momento, lo primero que hice fue enseñarle la garrafa de aceite reciclado, por si las moscas y los cólicos.
Sigo con ganas de fumar. Cada vez más. Y siempre que alguien me dice "bravo por no fumar" me entran ganas de salir corriendo y besar en la boca al primer estanquero que encuentre.
Mono y yo nos vamos a dormir. Es un capullo pero al menos no da patadas.
Prometo alguna que otra entrada sobre mis aventuras en la Seguridad Social, la institución que más lerdos y lerdas tiene por centímetro cuadrado de mostrador de atención al público. Y también prometo ponerme al día sobre la (ausente) ley de dependencia.
viernes, 14 de septiembre de 2007
La culpa de este texto texto la tiene Carme, que fue
la que empezó con una entrada sobre el inicio de curso. Estaba escribiendo un comentario en su bloc cuando me he dado cuenta que era tan largo que casi mejor lo subía al mío. Sí, esta es otra entrada más sobre septiembre y su significado biológico - histórico - cabalistico de marras. Septiembre nunca me ha gustado, con permiso de mis amigas Virgo.
Desde finales de junio hasta mediados de septiembre, una servidora felizmente se asilvestraba
a) en mi calle y aledañas,
b) en el jardín de la casa de la playa de unos tíos míos,
c) en una combinación de A+B, con breve parada entre A y B y entre B a A para vomitar en algún punto de las curvas de l'Ordal.
Un día de septiembre, alrededor del 15, me arrancaban de la vida para enterrarme en el cole ¡hasta el próximo junio! Como buen ente precoz, empezaba con los sudores fríos el primer día del aciago mes. ¡Para qué aparcar el sufrimiento hasta empezar el cole!
Y no es que me fuera mal, no. Mi nota más baja era notable. Muchos amigos de la calle también eran amigos del colegio. Los profes se alegraban de verme y estrenaba zapatos, regla, libretas, libros, bata (a cuadritos rosa y blanco, abrochada a la espalda). El año que había suerte hasta era yo la que cedía graciosa y selectivamente mi flamante Milán Nata para que otros la olieran, primero los allegados, pero no mucho porque ese aroma indefinido se iba si aspirabas muy fuerte ("¡dame, que me vas a gastar el olor!"). Al menos, esa era la leyenda.
En fin, fui una niña corriente, con extrema facilidad para hacer amigos y sin problemas de aprendizaje, solo que me aburría tanto como cualquier otro superdotado en un colegio no preparado para criaturas extrañas. Mi primer día a los 4 años duró 6 horas en las que no dejé de llorar clamando por mi mamá; enseguida supe que aquello no estaba hecho para mi. Pero también fui una niña práctica. Sabía que hasta que mis padres murieran, o hasta cumplir los 18, ambas remotas alternativas, no podía escapar, así que trataba de pasarlo lo mejor posible.
Durante la hora del patio seguíamos practicando exóticas salvajadas veraniegas, algunas importadas desde otros rincones de España, según el pueblo paterno o materno de veraneo, hasta que el ritmo escolar y el frío nos atrapaba y recuperábamos los juegos de toda la vida. A ver quién no ha estado a punto de partirse el espinazo con el "cavall fort", la versión catalana de churro-mediamanga... A mi me dejaban jugar los chicos gracias a ser una alfeñique que saltaba como una pulga y tener un hermano mayor que hacía de base.
Y fuera del recreo, lo más interesante del curso sucedía cuando alguna profa o algún profe se lo curraba. Entonces contaba con toda mi atención raya rendida admiración, aunque eso no era frecuente. Lo normal era vivir en el tedio nueve meses que, poco antes de San Juan, acabarían en una entrega de notas, brillante para mi, regada con las lágrimas de casi todas mis compañeras ("acompáñame a casa que mi padre me mata y luego mi madre, ya verás.").
Así que, ¡otra vez verano!, ¡otra vez a descalabrarse las rodillas trepando para desmochar la morera del pobre vecino que jamás entendió como aquellos salvajes que invadían su jardín organizados a lo comando de la CIA se esforzaban tanto por alimentar obsesivamente con el fruto de su árbol a unos gusanos de seda cuya metamorfosis en mariposa tenía mal pronóstico sólo con ver la caja de zapatos con agujeros que les servía de cuna.
Montar hogueras de San Juan en julio, volar con la BH al aligerarla de cualquier elemento que no fuera imprescindible, incluidos frenos, que para eso estaba el pie pisando la rueda delantera. Aprender de los adultos de catorce, de dieciséis. Entrar en casa a mediodía a por el bocadillo para seguir jugando en la calle. Salir disparados, cada mochuelo a su olivo, al oír el coro de alaridos maternos llamando a retreta. Negociar bocadillo nocturno("vaaaa, y saco la basura y al perro") y a seguir jugando en la calle un par de horas más hasta el último aviso, esta vez paterno.
Sentir en la distancia una difusa letanía materna "Amparo los deberes, Amparo los deberes", una molestia que empezaba a mitad de julio y no cobraba cuerpo hasta la primera semana del temible septiembre, y vuelta a empezar.
Una semana antes de un fin de un curso volví a casa con los cuadernos de deberes para ese verano. Sin dejarme soltar la cartera, mi padre me llevó en volandas al colegio, a la vuelta de la esquina.
"Ángeles, este año mi hija no va a pasar el verano haciendo deberes. No los necesita." La directora y él discutieron cinco minutos sobre la necesidad o no de ser igual que los otros niños y la importancia crucial de repasar conceptos durante las vacaciones.
Fue a mis doce años. La dirección del colegio había comunicado unos días antes a mis padres que me habían concedido una matrícula de honor global, por el curso completo.
Regresé a casa, ya sin los Vacaciones Santillana, exenta de cualquier objetivo que no fuera embrutecerme con mis compañeros de correrías.
Mi padre debió ejercer como tal cinco o seis veces en toda su vida. Esta fue una de ellas, regalándome casi tres meses de absoluta libertad.
*Carme Sánchez es una de esas personas que un día conoces por casualidad, o no, y luego te alegras mucho de que haya sido así. Tienes un enlace a su bloc en "Enlaces selectos".
lunes, 27 de agosto de 2007
Se acabó el verano. Lo se porque han empezado
los anuncios de fascículos: el belén, dibujo y pintura y casa de muñecas andaluza. Hoy es mi primer día de trabajo después de dos semanas de nada y una de sol en Tarragona. Sobre las de nada, el paraíso. Soy feliz con nada, en nada, en la nada. En esos días decías "Amparooo" y el eco contestaba "...aaarooo, aaarooo... " con puntos suspensivos por delante y por detrás. Pobre.
La semana de Tarragona --cinco días en realidad-- la pasé en Cala Romana, en casa de Lydia, hermana de Silvia, y su familia. Sol, paseos, jardín, hamaca colombiana de árbol a árbol, un par de libros, varias noches de canasta, mucha risa y mucha paz. Regresé morena y más rubia. Una delicia que me hubiese gustado alargar, alargar y alargar hasta que hubieran tenido que despegarme de allí con agua caliente. Un millón de gracias por asimilarme.
Estas han sido mis vacaciones. Ahora ya está. El portátil vuelve a estar sobre una mesa y los dos móviles encendidos, tengo un ventilador pegado a mi oreja derecha y ganas de ir haciendo paréntesis para leer las aventuras vacacionales de Richard y de Roser. Ambas prometen. Las del primero, porque se fueron dieciséis o diecisiete personas a convivir a una casa en Normandía (no imagino una tortura mayor) y ya ha anunciado cierto grado de granhermanismo que irá relatando a cachos. Las aventuras de Roser y Ricardo han transcurrido en Japón. Hala, (Amparo) muérete de envidia. Encima, ayer recibí un sms de Verònica desde Japón también. Vale que sólo tengo que bajar a la calle para ver japoneses, pero no es lo mismo. Hala, bienvenida general a quien se pase por aquí y a ti en especial.
Vuelvo a la brecha. Ah, y todo esto sin fumar ;-)
La semana de Tarragona --cinco días en realidad-- la pasé en Cala Romana, en casa de Lydia, hermana de Silvia, y su familia. Sol, paseos, jardín, hamaca colombiana de árbol a árbol, un par de libros, varias noches de canasta, mucha risa y mucha paz. Regresé morena y más rubia. Una delicia que me hubiese gustado alargar, alargar y alargar hasta que hubieran tenido que despegarme de allí con agua caliente. Un millón de gracias por asimilarme.Estas han sido mis vacaciones. Ahora ya está. El portátil vuelve a estar sobre una mesa y los dos móviles encendidos, tengo un ventilador pegado a mi oreja derecha y ganas de ir haciendo paréntesis para leer las aventuras vacacionales de Richard y de Roser. Ambas prometen. Las del primero, porque se fueron dieciséis o diecisiete personas a convivir a una casa en Normandía (no imagino una tortura mayor) y ya ha anunciado cierto grado de granhermanismo que irá relatando a cachos. Las aventuras de Roser y Ricardo han transcurrido en Japón. Hala, (Amparo) muérete de envidia. Encima, ayer recibí un sms de Verònica desde Japón también. Vale que sólo tengo que bajar a la calle para ver japoneses, pero no es lo mismo. Hala, bienvenida general a quien se pase por aquí y a ti en especial.
Vuelvo a la brecha. Ah, y todo esto sin fumar ;-)
lunes, 16 de julio de 2007
Ahora mismo he empotrado en mis orejas unos mini
auriculares por donde oigo algo de jazz para no oír los ronquidos de un vecino. Estaba en mi mini despacho, acabando unos documentos, concentrada, confiada, cuando una respiración fuerte, rítmica, cojonera, ha invadido el silencio de la noche.
Hay pocas cosas que me sacan de quicio: la estupidez como elección, el ruido al comer que hace la gente cochina y los ronquidos. Yo ronco d-e-v-e-z-e-n-c-u-a-n-d-o. Vale, me lo han dicho alguna vez, o como comentario vuelapluma de alguna amiga viajera que espera resignada la respuesta "pues tú también", o susurrado por algún interfecto con la complicidad tontorrona que parece conferir una intimidad transitoria, y mal entendida en algunos casos.
El caso es que hay un capullo que ronca en mi ventana, bueno, relativamente cerca, a un piso por arriba o por abajo, y se me ha ido la concentración a Cuenca. Ahora mismo no sé si irme allá a buscarla, y de paso aprovecho y me doy una fiesta mayor en cualquier pueblo ya que es verano, o me arriesgo a quitarme los auriculares a ver si el roncador ha parado (o ha muerto).
Me he arriesgado. Ya no lo oigo. Si ha muerto me enteraré mañana. Si sólo ha parado temo que me enteraré algo más pronto. Por si acaso, seguiré con los auriculares puestos.
Lo de irme a Cuenca tampoco hubiera estado mal.
Hay pocas cosas que me sacan de quicio: la estupidez como elección, el ruido al comer que hace la gente cochina y los ronquidos. Yo ronco d-e-v-e-z-e-n-c-u-a-n-d-o. Vale, me lo han dicho alguna vez, o como comentario vuelapluma de alguna amiga viajera que espera resignada la respuesta "pues tú también", o susurrado por algún interfecto con la complicidad tontorrona que parece conferir una intimidad transitoria, y mal entendida en algunos casos.
El caso es que hay un capullo que ronca en mi ventana, bueno, relativamente cerca, a un piso por arriba o por abajo, y se me ha ido la concentración a Cuenca. Ahora mismo no sé si irme allá a buscarla, y de paso aprovecho y me doy una fiesta mayor en cualquier pueblo ya que es verano, o me arriesgo a quitarme los auriculares a ver si el roncador ha parado (o ha muerto).
Me he arriesgado. Ya no lo oigo. Si ha muerto me enteraré mañana. Si sólo ha parado temo que me enteraré algo más pronto. Por si acaso, seguiré con los auriculares puestos.
Lo de irme a Cuenca tampoco hubiera estado mal.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
