extrañamente en paz. Hace dos años, el 8 de noviembre cayó en domingo. Mi madre había muerto a las siete de la mañana tras una agonía que empezó el jueves por la noche. No sufrió. Me hubiera gustado que muriese en casa pero una última carrera por vencer a la muerte la trasladó del Clínic al Centro hospitalario Pere Virgili y fue una suerte. Cuando la noche del jueves la doctora me dijo que mi madre había traspasado el punto de no retorno le pedí que no sufriera. Ella me dio su palabra y la cumplió.
Mi madre murió sedada, sin consciencia, aunque el ictus que se la llevó ocho años antes ya le había robado su memoria, nuestra memoria, nuestra consciencia.
Ese mismo jueves por la noche se presentó en el hospital Julia, un hada que sabe cuándo tiene que aparecer y se quedó conmigo todo el tiempo. El viernes, al salir del trabajo, vino Tefa y ya no salió hasta el final. El sábado vino Mercé, también a quedarse con nosotras. Aída vino el mismo día de su cumpleaños, porque parece que no esté pero está.
El domingo, cuando mi madre murió, yo estaba dormida. Entonces aún necesitaba orfidal para cerrar los ojos y como me había dejado la medicación en casa estuve despierta desde el jueves, cuando empezamos a morir.
El domingo de madrugada dejé a mi madre con Julia y Tefa y atravesé Barcelona con la moto para buscar mis somníferos. Me tomé una dosis en el hospital, me tumbé en la cama de al lado y caí en un coma profundo. No llevaba ni dos horas durmiendo cuando Julia me despertó. "Amparo, despierta, tu madre ha muerto".
La cuidé desde que era pequeña. Me hice cargo de ella a mis 21, toda mi vida estuve pendiente de que no le faltara nada que estuviera en mi mano y en el momento supremo de la muerte no estuve a la altura. Sigo sin perdonármelo.
El domingo apareció Maite sin pedírselo y se hizo cargo de mi. Silvia estuvo pendiente de mi durante días. Hubieron más personas a mi lado, no recuerdo a todos. Estuve rodeada del cariño de mis amigos, como siempre, y lamento no recordar mejor los días siguientes a la muerte de mi madre. Vivía en una irrealidad permanente. La sentía a mi lado, ya fuera caminando, trabajando, en moto... Hablaba con ella sin parar, le comentaba casi todo lo que vivía, era imposible desvincularme de ella.
Pasaron los meses y poco a poco, mi madre fue ocupando su sitio en mi mundo, al lado, a veces enfrente.
Hoy hace dos años que mi madre murió y no esperaba que mi universo se removiera como lo ha hecho. He sentido la necesidad de contárselo a algunas personas de mi entorno, tanto a amigas como a compañeros de trabajo con los que mantengo una relación algo más estrecha. No lo he hecho para provocar compasión. Contarlo era la forma que he encontrado para gritarle al mundo que mi principio se acabó, que la persona a la que he dedicado mi vida ya no está y que, con 54, sigo llamándola mami.
Te echo de menos.
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miércoles, 8 de noviembre de 2017
lunes, 11 de enero de 2016
Cada día vivo un dolor constante, pequeño y demoledor desde que
mi madre murió el 8 de noviembre.
Cuando la medicina confirmó que no había punto de retorno, cuando supe que su muerte era inevitable, sentí vértigo. Mi único pensamiento era cómo podía revertir esa situación a la vez que mi razón trataba de explicarme que no era posible, que esta vez no iba a poder hacer nada por evitarlo. Eso que dicen de que nunca estás preparado cuando llega el momento es verdad.
La agonía de mi madre duró tres días, afortunadamente sin que ella sintiese dolor gracias a que las dos encontramos en este camino a un personal sanitario impecable, compasivo y humano que impidieron que sufriera ni un segundo.
Como soy una mujer afortunada, tres grandes amigas se instalaron conmigo esos tres días y no nos dejaron ni a sol ni a sombra. Sin ellas a mi lado hubiera sido aún más difícil.
Después de morir, durante bastantes días, sentía tan cerca a mi madre que me parecía llevarla a mi lado allí donde iba. Mi memoria volvió a recuperar su voz antes del ictus, ocho años atrás.
Además de su voz recuerdo a la perfección su olor. Era un placer enterrar la nariz en su pecho y disfrutarla, abarcándola con mis brazos de niña de cuatro años. Su olor era dulce, a limpio o a Chanel 5, según el día, olor a estar a salvo y en casa, a si mi madre está conmigo nada malo puede pasar.
La echo tanto en falta que arrastro una tristeza permanente, como los fantasmas arrastran una bola enorme de hierro. No es una tristeza mediterránea, desgarradora y ruidosa; es la certeza de que siempre, hasta el día en que me toque morir, voy a sentir su ausencia y este sentimiento no va a mejorar.
Dos meses después de su muerte empiezo a llorarla. No soy la hija más rápida del mundo, de acuerdo, pero sí soy la persona que mejor la ha querido. Me gusta pensar que ella lo supo siempre.
sábado, 6 de septiembre de 2014
Mi prima mayor y madrina murió ayer
Parece que fue rápido, de una embolia pulmonar Se le acabó la vida con 76 años. Deportista de elite desde muy joven, buena persona aunque con concepciones vitales que no coincidían con las mías. Otro referente más que pierdo.
Varios primos nos hemos encontrado en el tanatorio. Nos hemos prometido vernos más a menudo, como siempre que una muerte toca cerca. ¿Lo cumpliremos? Vamos a ver.
domingo, 18 de noviembre de 2012
lunes, 15 de octubre de 2012
lunes, 31 de octubre de 2011
jueves, 6 de octubre de 2011
Steve
A los seis años me enamoré de la máquina de escribir del despacho de mi padre y cuando nadie miraba insertaba una hoja de papel en el carro y le daba a las teclas. Me parecía mágico que lo que pulsaba se convirtiera en realidad en el folio.
La magia continuó cuando el Mac llegó a mi vida, apenas cumplidos los 21, y me convertí en una apostol más de Apple. Un cacharro que me hacía la vida más fácil, me divertía y me hablaba en humano no podía ser sólo una máquina y pasé a llamarle “el bicho”.
Entonces aún no había leído “De Pepsi a Apple”, ni tenía la menor idea de que existía Cupertino, ni de que detrás de la pantalla monocromo de 12 pulgadas estuviera observando un genio impaciente, malhumorado, perfeccionista y visionario. Steve Jobs no vendía ordenadores, sino estilo de vida. Eras de Apple o de los otros. Yo he sido de todos, del que la empresa me pusiera encima de la mesa, para qué vamos a engañarnos, pero mi casa y mi corazón sólo pertenecen a la manzana del arco iris y hoy se lo reservo entero al tipo que facilitó que unos cuantos creyésemos que trabajar puede ser hasta divertido.
domingo, 19 de diciembre de 2010
Indiana me ha regalado quince años de amistad, de ser
cómplices, de entendernos con la mirada. Llegó a mi vida un febrero tremendamente frío y ayer, en otra mañana también fria, la acompañé hasta que murió.
Ha sido la perra más bonita del mundo, inteligente, cariñosa y divertida. Le gustaba hasta a quienes no les gustaban los perros; no he sido la única rendida a sus encantos.
Además, era una perra-gata. "Te quiero, pero ahora mismo estoy tranquilísima en mi rincón del sofá y no me apetece nada hacer el mico para entretenerte ¿entiendes?". Y claro, dicho así no había más remedio que respetar su espacio y su tempo.
Recuerdo un verano que pinté mi casa. Indiana tendría cinco meses y me ayudaba metiendo sus patas en la bandeja de pintura y llenando el suelo de huellas blancas. Con la energía de los 33 años recogí todo, limpié, pulí, abrillante, entreteniéndome especialmente en una mesa de mármol que tenía, y abrí el balcón de par en par para que se fuera el olor de la pintura.
Más o menos en cinco segundos, Indiana cogió carrerilla por el pasillo, brincó en la mesa abrillantada y al resbalar por el pulimento trató de frenar como un dibujo animado, caminando frenéticamente hacia atrás mientras me miraba con las cejas levantadas. Total, aunque acabó estrellándose un poquito contra la barandilla del balcón lo único herido fue su orgullo, en parte gracias a mis carcajadas.
También me viene a la memoria un hecho mucho más reciente, apenas hace un año y poco. Cuando volvía de la quimio y me hundía en el sillón, mi perra se tumbaba literalmente encima de mi, tratando de abarcarme. Primero pensé que quería hacerme mimos, después entendí que lo que pretendía era absorber mi malestar para evitarme sufrimiento.
La mejor perra y la mejor amiga. La lloraré siempre.
Ha sido la perra más bonita del mundo, inteligente, cariñosa y divertida. Le gustaba hasta a quienes no les gustaban los perros; no he sido la única rendida a sus encantos.
Además, era una perra-gata. "Te quiero, pero ahora mismo estoy tranquilísima en mi rincón del sofá y no me apetece nada hacer el mico para entretenerte ¿entiendes?". Y claro, dicho así no había más remedio que respetar su espacio y su tempo.
Recuerdo un verano que pinté mi casa. Indiana tendría cinco meses y me ayudaba metiendo sus patas en la bandeja de pintura y llenando el suelo de huellas blancas. Con la energía de los 33 años recogí todo, limpié, pulí, abrillante, entreteniéndome especialmente en una mesa de mármol que tenía, y abrí el balcón de par en par para que se fuera el olor de la pintura.
Más o menos en cinco segundos, Indiana cogió carrerilla por el pasillo, brincó en la mesa abrillantada y al resbalar por el pulimento trató de frenar como un dibujo animado, caminando frenéticamente hacia atrás mientras me miraba con las cejas levantadas. Total, aunque acabó estrellándose un poquito contra la barandilla del balcón lo único herido fue su orgullo, en parte gracias a mis carcajadas.
También me viene a la memoria un hecho mucho más reciente, apenas hace un año y poco. Cuando volvía de la quimio y me hundía en el sillón, mi perra se tumbaba literalmente encima de mi, tratando de abarcarme. Primero pensé que quería hacerme mimos, después entendí que lo que pretendía era absorber mi malestar para evitarme sufrimiento.
La mejor perra y la mejor amiga. La lloraré siempre.
viernes, 17 de diciembre de 2010
Hacía días que no hablaba del tabaco. Cinco años y seis meses
después de dejarlo sigo teniendo ganas de fumar. Ahora ya no son ganas furiosas, ni golpes de mono. Son sólo ganas de placer emboquillado. Bueno, a lo que iba. He encontrado esta atractiva presentación sobre lo bonito que es fumar y he querido compartirla contigo, antes de que acabe el año. A disfrutarla.
domingo, 19 de septiembre de 2010
"De los que se van del corro,
allá va la despedida.
De los que se van del corro,
Aquí quedan los guapos
y nos marchamos los buenos.
José Antonio Labordeta
1935-2010
lunes, 13 de septiembre de 2010
Mañana, unos cafres, salvajes e incivilizados torturarán hasta la
muerte a un toro, en aras de la fiesta, la tradición y la cultura. Esta cafrada se llama "Toro de la Vega" y se realiza en Tordesillas (Valladolid).
Más de 400 artistas e intelectuales han firmado un manifiesto en contra esta salvajada, como puedes ver en el vídeo de abajo.
Por tu parte, si quieres hacer algo, ni que sea molestar, puedes enviar un mensaje a informacion012@jcyl.es, oficinadeturismodevalladolid@jcyl.es, turismo@tordesillas.net, garherca@jcyl.es paritcipándoles tu oposición a esta barbaridad.
Si quieres, aprovecha el texto que he enviado y que dejo aquí, para que copies y difundas.
Señora, Señor,
He tenido constancia de la barbarie que se lleva a cabo en Tordesillas durante la primera quincena de septiembre, denominada Toro de la Vega, en la que centenares de personas a pie y a caballo acosan a un toro hasta matarlo a lanzazos.
Como parte de una sociedad avanzada y sensible hacia el maltrato y el sufrimiento animal me pongo en contacto con ustedes para manifestar mi total rechazo a esta expresión máxima de la brutalidad que puede ejercer un grupo de personas salvajes e irrespetuosas con la vida.
No hay ni tradición ni cultura que pueda servir de excusa para una barbaridad como el Toro de la Vega.
En nuestro país disponemos de legislación en materia de protección animal que harían imposible que se dieran este tipo de actividades, ya que además de perjudicar a los animales degradan la imagen de la sociedad que los permite. Al parecer, en Tordesillas se saltan "a la torera" esta legislación y lo peor del caso es que la Autoridad resulta incompetente para hacerles cumplir la ley.
Le insto, ustedes que tienen en su mano hacerlo, a evitar que esta salvajada se lleve a cabo un año más en su localidad.
Esperando que mi petición sea considerada, me despido de ustedes.
Un saludo
miércoles, 28 de julio de 2010
No será el fin de la barbarie, pero quizá sí sea el
principio de esa salvajada llamada fiesta nacional por los que, extrañamente, piensan que torturar a un animal forma parte de la cultura española.
Hoy, el parlamento de Cataluña ha decidido abolir las corridas de toros, y eso que la votación no ha sido unánime, más bien ha ido de un pelo. Hace un año firmé por la abolición de los toros en mi casa. Ahora hace falta que la lucha se extienda por el resto de España.
Hoy, el parlamento de Cataluña ha decidido abolir las corridas de toros, y eso que la votación no ha sido unánime, más bien ha ido de un pelo. Hace un año firmé por la abolición de los toros en mi casa. Ahora hace falta que la lucha se extienda por el resto de España.
No hay razones para mantener, encima con subvenciones públicas, un espectáculo sangriento que acaba con una muerte, o la del toro o la del torero. Ni la sangre ni el dolor caben en la definición de fiesta.
Prou!, la asociación promotora del movimiento abolicionista en mi tierra, lo ha hecho muy bien y seguiré apoyándolos en lo que pueda. De momento, desde aquí y con mi humilde audiencia, dejando esta entrada para celebrar que empezamos a ser algo más civilizados.
martes, 13 de julio de 2010
domingo, 4 de abril de 2010
"Entre mayo de 2009 y enero de 2010, una de cada
tres mujeres atendidas por MSF en Rabat y Casablanca admitió haber sufrido uno o múltiples episodios de violencia sexual, ya fuera en su país de origen, durante el proceso migratorio y/o una vez en territorio marroquí. Esta cifra podría ser incluso más elevada, ya que algunas mujeres no aceptaron hablar o no reconocieron lo que su propio testimonio evidenciaba. El uso de la violencia sexual se convierte así en una de las prácticas violentas más habituales contra la mujer en el marco del fenómeno migratorio."
Este párrafo pertenece al estudio de Médicos sin fronteras titulado "Violencia sexual y migración. La realidad oculta de las mujeres subsaharianas atrapadas en Marruecos de camino a Europa".
No es muy largo, se lee rápido y ayuda a tener un punto de vista más amplio sobre lo que significa dejar tu tierra en busca de una vida mejor.
Si lo lees, difúndelo. También puedes imprimirlo, enrollarlo, atarlo con gomas de pollo y usarlo para darle con él en la boca a
todo aquel y aquella que discurseen sobre lo fácil que lo tiene la inmigración, con todos los derechos de "los de aquí" para ellos y bobadas por el estilo.

lunes, 2 de noviembre de 2009
martes, 15 de septiembre de 2009
lunes, 17 de agosto de 2009
Mi padre ha muerto hoy a las 9 de la mañana.
Lo sé porque a media tarde he contestado una llamada perdida. Me ha respondido un tal Charles Lowestin, uruguayo, argentino, chileno... no soy buena diferenciando acentos.
Se ha "creído en la obligación" de comunicármelo. Yo le he contestado que mi padre murió el 29 de junio de 1984 y ahí el hombre se ha sentido algo incómodo.
"Bueno, yo no...". Mi respuesta ha sido "usted ha entrado en mi intimidad sin que yo se lo pidiera. Ahora debe escuchar mi respuesta". Despedida y cierre. Fin de la conversación.
Seguro que este Lowestin debe ser otra pobre persona que cayó rendidamente enamorada de mi padre, gran encantador de serpientes.
Me siento rara. Hacía días que me rondaba la sospecha. Cuando Aída me preguntó si sabía algo más de mi padre le dije que no. Pero tenía tan claro que cuando llegara el momento me iba a enterar. Siempre he tenido esta mala suerte. Quiera o no, alguien acaba contándome cosas que quizá prefería no haber sabido.
No es el caso. Sea quien sea el samaritano que me ha llamado, le agradezco, y así lo he hecho antes de colgar, que me haya informado del final de una etapa. Necesito hacer las paces con el universo paterno. Quizá porque nunca me sentí parte de su mundo. He sido una de tantas personas a las que su padre no ha querido. Y llevo viviendo con ello muchos años, todos los que tengo.
Hay mucha historia hasta llegar a aquí, pero aún me hace demasiado daño explicarla. Que mi padre haya muerto me permite, por fin, ubicarlo, algo que me negó los veinticinco últimos años y me produce un extraño descanso. Por fin puedo situarle, y situarme.
Tengo ganas de llorar, pero no es por su muerte, sino porque continúa doliéndome mucho su desamor y sus desprecios. Estoy segura que, en algún momento, debió arrepentirse de no haberme querido cuando tuvo oportunidad. Yo, por lo menos, si le quise aunque acabase desistiendo. Es lo que hay.
Se ha "creído en la obligación" de comunicármelo. Yo le he contestado que mi padre murió el 29 de junio de 1984 y ahí el hombre se ha sentido algo incómodo.
"Bueno, yo no...". Mi respuesta ha sido "usted ha entrado en mi intimidad sin que yo se lo pidiera. Ahora debe escuchar mi respuesta". Despedida y cierre. Fin de la conversación.
Seguro que este Lowestin debe ser otra pobre persona que cayó rendidamente enamorada de mi padre, gran encantador de serpientes.
Me siento rara. Hacía días que me rondaba la sospecha. Cuando Aída me preguntó si sabía algo más de mi padre le dije que no. Pero tenía tan claro que cuando llegara el momento me iba a enterar. Siempre he tenido esta mala suerte. Quiera o no, alguien acaba contándome cosas que quizá prefería no haber sabido.
No es el caso. Sea quien sea el samaritano que me ha llamado, le agradezco, y así lo he hecho antes de colgar, que me haya informado del final de una etapa. Necesito hacer las paces con el universo paterno. Quizá porque nunca me sentí parte de su mundo. He sido una de tantas personas a las que su padre no ha querido. Y llevo viviendo con ello muchos años, todos los que tengo.
Hay mucha historia hasta llegar a aquí, pero aún me hace demasiado daño explicarla. Que mi padre haya muerto me permite, por fin, ubicarlo, algo que me negó los veinticinco últimos años y me produce un extraño descanso. Por fin puedo situarle, y situarme.
Tengo ganas de llorar, pero no es por su muerte, sino porque continúa doliéndome mucho su desamor y sus desprecios. Estoy segura que, en algún momento, debió arrepentirse de no haberme querido cuando tuvo oportunidad. Yo, por lo menos, si le quise aunque acabase desistiendo. Es lo que hay.
viernes, 26 de junio de 2009
domingo, 1 de marzo de 2009
miércoles, 11 de febrero de 2009
Llevamos en casa varios días dándole vueltas
a la cosa de la eutanasia. Mi madre, que cuando está aquí, está mucho, no para de decirme que ella ya ha tenido bastante, que a lo que ella le pasa no se le puede llamar vida y me sondea cada vez que me pilla desprevenida sobre métodos de ayuda, médicos colaboradores y cosas por el estilo.
Hoy, que me ha sorprendido mareada, le he dicho que en vez de eutanasiarla la iba a enviar a la Luna en un cohete y se ha puesto a reír. El día que no me responda así tendré un problema.
Algo de egipcias debemos tener mi antepasada y yo porque hablamos de la muerte y su circunstancia con total tranquilidad desde que yo era muy pequeña. Quizá algún día cuente la cantidad de espíritus que siempre han rondado mi casa. Amenábares a mi...
Supongo que mi madre saca a colación la eutanasia por la cantidad de noticias sobre Eluana Englaro, la mujer italiana que acaba de morir, una vez sus padres consiguieron desconectarla tras diecisiete años en coma vegetativo.
Pero no quería hablarte de eutanasia, sino de las malas prácticas periodísticas que han hecho de este caso (además de la felonía de Berlusconi y de la Iglesia Católica) un tira y afloja que nada tiene que ver con la verdad que ha vivido esa familia.
Televisiones, prensa e internet rebosan fotos de Eluana Englaro en la plenitud de la vida hace exactamente diecisiete años, tantos como los que llevaba vegetando.
Una belleza mediterránea, explosiva, llena de energía y de confianza es lo que nos muestran todos los medios de comunicación. Esa imagen apartada de la realidad, actual sumado a las declaraciones de familiares, del presidente de Italia y de los representantes autorizados del culto católico, ha formado una argamasa que dificulta la visión.
Englaro, diecisiete años después de que la vida huyera de su cuerpo y las ley y sus máquinas la obligasen a seguir respirando, seguro que era un cuerpo exhausto, incapaz de conservar algún rasgo que suscitase empatía humana, sólo una enorme y triste compasión, la misma que se puede sentir ante el vacío oscuro y desolador que suscita un cuerpo deshauciado en su punto de no retono.
Volviendo a la práctica periodística, ningún profesional debería ilustrar una noticia sobre eutanasia como se ha hecho con Englaro por un hecho simple: respeto por el derecho a escoger. Hemos de ser dueños de nuestro destino, debemos poder decidir cuál es el grado de dignidad con el que deseamos vivir y, en última instancia, morir.
Ilustrar un debate tan cargado de tabúes como la eutanasia con imagenes que no tienen nada que ver con la realidad es propio de malas personas. Cualquiera de nosotros es capaz de ponerse en el lugar de la familia, independentemente de estar a favor o en contra del derecho a morir dignamente, sin una foto que nos empuje a la compasión. No es necesario hurgar en la llaga. Mejor hagamos acopio de respeto, porque los padres de esta italiana jamás han tenido que tomar una decisión tan difícil, dolorosa y desgarradora.
Derecho a morir dignamente
Hoy, que me ha sorprendido mareada, le he dicho que en vez de eutanasiarla la iba a enviar a la Luna en un cohete y se ha puesto a reír. El día que no me responda así tendré un problema.
Algo de egipcias debemos tener mi antepasada y yo porque hablamos de la muerte y su circunstancia con total tranquilidad desde que yo era muy pequeña. Quizá algún día cuente la cantidad de espíritus que siempre han rondado mi casa. Amenábares a mi...
Supongo que mi madre saca a colación la eutanasia por la cantidad de noticias sobre Eluana Englaro, la mujer italiana que acaba de morir, una vez sus padres consiguieron desconectarla tras diecisiete años en coma vegetativo.
Pero no quería hablarte de eutanasia, sino de las malas prácticas periodísticas que han hecho de este caso (además de la felonía de Berlusconi y de la Iglesia Católica) un tira y afloja que nada tiene que ver con la verdad que ha vivido esa familia.
Televisiones, prensa e internet rebosan fotos de Eluana Englaro en la plenitud de la vida hace exactamente diecisiete años, tantos como los que llevaba vegetando.
Una belleza mediterránea, explosiva, llena de energía y de confianza es lo que nos muestran todos los medios de comunicación. Esa imagen apartada de la realidad, actual sumado a las declaraciones de familiares, del presidente de Italia y de los representantes autorizados del culto católico, ha formado una argamasa que dificulta la visión.
Englaro, diecisiete años después de que la vida huyera de su cuerpo y las ley y sus máquinas la obligasen a seguir respirando, seguro que era un cuerpo exhausto, incapaz de conservar algún rasgo que suscitase empatía humana, sólo una enorme y triste compasión, la misma que se puede sentir ante el vacío oscuro y desolador que suscita un cuerpo deshauciado en su punto de no retono.
Volviendo a la práctica periodística, ningún profesional debería ilustrar una noticia sobre eutanasia como se ha hecho con Englaro por un hecho simple: respeto por el derecho a escoger. Hemos de ser dueños de nuestro destino, debemos poder decidir cuál es el grado de dignidad con el que deseamos vivir y, en última instancia, morir.
Ilustrar un debate tan cargado de tabúes como la eutanasia con imagenes que no tienen nada que ver con la realidad es propio de malas personas. Cualquiera de nosotros es capaz de ponerse en el lugar de la familia, independentemente de estar a favor o en contra del derecho a morir dignamente, sin una foto que nos empuje a la compasión. No es necesario hurgar en la llaga. Mejor hagamos acopio de respeto, porque los padres de esta italiana jamás han tenido que tomar una decisión tan difícil, dolorosa y desgarradora.
Derecho a morir dignamente
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