Páginas

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Hace dos años a esta hora me sentía

extrañamente en paz. Hace dos años, el 8 de noviembre cayó en domingo. Mi madre había muerto a las siete de la mañana tras una agonía que empezó el jueves por la noche. No sufrió. Me hubiera gustado que muriese en casa pero una última carrera por vencer a la muerte la trasladó del Clínic al Centro hospitalario Pere Virgili y fue una suerte. Cuando la noche del jueves la doctora me dijo que mi madre había traspasado el punto de no retorno le pedí que no sufriera. Ella me dio su palabra y la cumplió.

Mi madre murió sedada, sin consciencia, aunque el ictus que se la llevó ocho años antes ya le había robado su memoria, nuestra memoria, nuestra consciencia.

Ese mismo jueves por la noche se presentó en el hospital Julia, un hada que sabe cuándo tiene que aparecer y se quedó conmigo todo el tiempo. El viernes, al salir del trabajo, vino Tefa y ya no salió hasta el final. El sábado vino Mercé, también a quedarse con nosotras. Aída vino el mismo día de su cumpleaños, porque parece que no esté pero está.

El domingo, cuando mi madre murió, yo estaba dormida. Entonces aún necesitaba orfidal para cerrar los ojos y como me había dejado la medicación en casa estuve despierta desde el jueves, cuando empezamos a morir.
El domingo de madrugada dejé a mi madre con Julia y Tefa y atravesé Barcelona con la moto para buscar mis somníferos. Me tomé una dosis en el hospital, me tumbé en la cama de al lado y caí en un coma profundo. No llevaba ni dos horas durmiendo cuando Julia me despertó. "Amparo, despierta, tu madre ha muerto".

La cuidé desde que era pequeña. Me hice cargo de ella a mis 21, toda mi vida estuve pendiente de que no le faltara nada que estuviera en mi mano y en el momento supremo de la muerte no estuve a la altura. Sigo sin perdonármelo.

El domingo apareció Maite sin pedírselo y se hizo cargo de mi. Silvia estuvo pendiente de mi durante días. Hubieron más personas a mi lado, no recuerdo a todos. Estuve rodeada del cariño de mis amigos, como siempre, y lamento no recordar mejor los días siguientes a la muerte de mi madre. Vivía en una irrealidad permanente. La sentía a mi lado, ya fuera caminando, trabajando, en moto... Hablaba con ella sin parar, le comentaba casi todo lo que vivía, era imposible desvincularme de ella.

Pasaron los meses y poco a poco, mi madre fue ocupando su sitio en mi mundo, al lado, a veces enfrente.

Hoy hace dos años que mi madre murió y no esperaba que mi universo se removiera como lo ha hecho. He sentido la necesidad de contárselo a algunas personas de mi entorno, tanto a amigas como a compañeros de trabajo con los que mantengo una relación algo más estrecha. No lo he hecho para provocar compasión. Contarlo era la forma que he encontrado para gritarle al mundo que mi principio se acabó, que la persona a la que he dedicado mi vida ya no está y que, con 54, sigo llamándola mami.
Te echo de menos.


lunes, 20 de marzo de 2017

Sexo, libertad, magia, luces, música...

y mucho más fue Studio 54. La sucursal de esa disco en Barcelona dejó muy buen recuerdo entre los de mi generación, pero no puedo evitar pensar en la de la Calle 54 oeste de Nueva York siempre que alguien la nombra. Los visionarios que la crearon, Steve Rubell y Ian Schrager, crearon un templo lúdico sin comparación aún en el resto del mundo. A Studio ibas a ver y a mostrarte, a jugar, a dejarte llevar. Si eras de los afortunados en poder entrar, dejabas en la puerta los prejuicios para zambullirte en el hedonismo más genuino.
El SIDA se llevó a Studio por delante, como a toda la generación que la disfrutó, pero los que sobrevivieron, cuando la recuerdan  no pueden evitar que una sonrisa les ilumine la cara. Música disco, drogas, noches que no terminaban al amanecer, excesos de todo tipo... Studio era el templo, el escenario, el lugar donde había que estar.
Todo esto viene a que hoy cumplo 54.