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sábado, 6 de abril de 2013

A los 50, o te llamas Sharon Stone

o eres invisible para el mundo. Y no lo digo por añorar los piropos de obra, que el otro día un gañán me susurró algunas barbaridades al pasar a mi lado que me devolvieron a los ´80.
No es el físico o el sexo lo que me importa, sino la falta de oportunidades laborales para las mujeres a partir de una edad.

No somos nada, chica. Nada. Algunas entidades sociales trabajan para encontrar resquicios por donde colar a alguna candidata en las murallas de los recursos humanos, casi siempre sin éxito.
Por lo que hace a los organismos públicos, no existe la reconversión profesional para personas de mi perfil. No lo entienden, no saben que hacer con mi experiencia. A mis 50 recién cumplidos le corresponde una reincorporación al mercado laboral tras una vida cuidando de la familia. Incluso pueden entender que sea una abuela moderniki que haya negado el pan, la sal y el canguro gratuito a sus hijos y quiera ganarse unas perrillas. Pero te aseguro que una mujer permanentemente en formación, con excelente experiencia laboral en una profesión que exige ir seis meses por delante de la vida y que es capaz de darle sopas con honda a los de 20 y 30 no es perfil para ellos.

Por eso, y porque prefiero gestionar mi incertidumbre, un día decidí que me convertía en empresaria y eso he hecho, montar una empresa de comunicación. ¿Otra más? No, la mía (la nuestra, porque somos dos, mi socio y yo), que se diferencia de las otras porque sabemos lo que queremos y lo que hacemos. Y sabemos mucho. El otro día, una amiga que trabaja en un organismo público me enseñó un folleto hecho "dentro", con ayuda de la imprenta. Horroroso. No tienen dinero, esa es la excusa para hacer las cosas de cualquier forma. Pero, ¡ep! aquí viene lo bueno, a los que la mandan les parecía precioso.

Esa es la pena. Que cualquiera con un ordenador se convierte en diseñador, en comunicador, en community manager (de eso hablo otro día, porque me tiene contenta el mercado, vendiendo un mes de trabajo por 40 euros).

La amiga del folleto me preguntó "¿qué te parece?" y se lo conté. Apenas había empezado cuando me pidió que lo dejara correr, que ya se hacía a la idea. Pero sus jefes, enamoraos de aquel truñito. Y ese es el drama. Ofrecemos calidad, pero los que compran no la saben reconocer.

A lo peor, tengo que aplicar ese aforismo apócrifo, dicen que chino, que invita a ser flexible como un junco cuando sopla el viento.
Pero es que me cuesta dejarme mecer por el viento de la mediocridad que corre desde hace años. ¿Debo dejar de pelear y rebajar las expectativas? ¿Quizá aceptar ser canguro de los nietos de otras? Mientras tanto, las facturas impagadas se amontonan.

2 comentarios:

topogiggio dijo...

Me ha encantado este post. Siempre me encantan tus post pero éste me ha entusiasmado.
Creo que tienes toda la razón del mundo.
Creo que existe una mediocridad TAN absolutamente exagerada que parece que te estén gastando una broma en sesión contínua.
No doy crédito. Y lo que más me alucina, es que cuando hablas del tema, los suertudos que tienen trabajo, te dicen que en todas partes es igual.
Retomando el tema del chino y el junco: sí, vas a tener que respirar profundamente y jugar con el viento y mecerte con él. Y ahí es donde piensas, a ver, que una cosa es ser flexible y la otra no tener criterio. Nooo. Puedes tener criterio; lo que pasa es que muchas veces, te lo has de guardar como oro en paño para tí.
Y también toca ser resiliente,que está muy de moda y TODO CON MUCHO HUMOR.

Amparo dijo...

Gracias por tu comentario, Eva. Menos mal que las dos tenemos mucho humor, pero que mucho ¿eh? Un beso.