Adoptar a Clooney ha sido un acto egoista por mi parte: cuando Indiana muera esta nueva amiga me lo hará más llevadero. Lo de Indiana no es inminente, parece que la he podido rescatar de un mal final por un tiempo más, aunque llegará en menos de lo deseado. Después del catacrack que tuvo hace quince días, ahora está estable y no tiene dolor. Sigue comiendo nada y menos, pero al menos ya tiene algo hambre, así que cuando no le queda más remedio se conforma con parte de la lata especial de comida para perros pachuchos del riñón, que dicho sea de paso me cuesta un Congo.
Ahora, un día en mi casa está aderezado con una lenteja que al correr derrapa y que se cuelga con los dientes de Indiana hasta que la mayor logra sacudírsela, ladrido más o menos.
De momento, estoy otra vez en medio del espiral de pipís desubicados, pero la risa que me produce y la alegría que me contagia lo compensa todo.

