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martes, 14 de noviembre de 2006

El domingo hizo un año que murió Marta, tan deprisa

ha ido todo. No fue un dia triste, ni siquiera pensé en ella todo el rato sino como siempre, a ráfagas. Supongo que será así el resto de nuestras vidas. Poco a poco he ido acostumbrándome a que el teléfono no suene a las once de la noche, su hora preferida para explicarme cualquier cosa o nada. Algunas veces la reñía por llamar tan tarde, yo y mi necesidad patológica de aislarme del mundo. Si Marta estuviese viva y me llamase a las once de la noche, volvería a reñirla, para qué voy a engañarme, cada uno es como es. Yo, rarita, ella, reclamando toda la atención del mundo, así de grande era su abismo.
Durante mi voluntariado en la ong contra el sida me pregunté muchas veces porqué a mi no me tocó y acabé entendiendo que había sido cuestión de suerte, una lotería macabra que pasó por mi lado sin rozarme. Tras la muerte de Marta ya no me pregunto porqué no he muerto, sino porqué vivo, con qué motivo, para qué. Hace un año que no tengo una respuesta clara, me dejo llevar por la inercia y me apoyo en mi curiosidad para superar las noches y los días. Supongo que no hay razones para estar o no estar, más allá que la propia vida, tan ajena, que decide por los que no tenemos la suficiente lucidez para escoger qué hacer con ella.

3 comentarios:

Doc Moriarty dijo...

No quiero meterme donde no me llaman, ni parecer frívolo, pero te recomiendo que consigas, como sea, las dos temporadas de Tan muertos como yo. Descubrirás cosas que ni habías pensado.

Amparo dijo...

Soy fan de esa serie. De hecho, aunque un poco menos que un legionario, también soy fan de la muerte. Lo que nunca acaba de convencerme es la vida.

foscardo dijo...

Tan muertos como yo es la mejor serie para reflexionar sobre la vida y la muerte. El final de la serie es toda una lección de la carrera de la vida a la muerte.