He ido a donar sangre, a ver si ya tenía hierro suficiente y sí, hasta níquel me han encontrado (eso es de chupar la puerta de la nevera las noches que no recuerdo la combinación del candado.) El hombre-médico me ha pinchado un dedo, me ha tomado tanto la presión en el brazo que casi me abomba el cráneo y, tremendo momento protocolario, me ha preguntado el peso. Yo le he contestado "42 años" y le he ofrecido una sonrisa patética de "te lo escribo en un papelito, por favor". Él hombre-médico ha levantado una ceja y, menos mal, una comisura del labio, así que en una explosión de emotividad le he explicado que he dejado de fumar (con las orejas gachas) pero, profesional inflexible como pocos me ha vuelto a preguntar "¿peso?". Entonces, a lo Norma Desmon, le he dicho "68, 69, 72... ¡qué más da!" y el hombre-médico ha anotado en mi ficha "68". He vuelto a sonreírle, pero esta vez ya normal.