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jueves, 16 de marzo de 2006

Leer no mata, pero tampoco quita de fumar

por lo menos a mi. Ya he llegado todo lo lejos que he podido del libro "Es fácil que las mujeres dejen de fumar" de Allen Carr. Sobrepasado el capítulo 10, no he podido leer ni una sandez más.
Si lo critico como libro de autoayuda, diré que está mal escrito -o pésimamente traducido- redundante, lleno de ruido y de observaciones que parecen sacadas del Reader’s Digest. En mi opinión, no aporta nada, da vueltas en círculo y el trato que dispensa al lector está a medio camino entre la absoluta pedantería y el entrenamiento para marines.
"Es fácil que las mujeres..." es una de las variaciones del libro "Es fácil dejar de fumar si sabes cómo", que ya va por la 49 edición y ha sido traducido a 9 lenguas. Vender vende, claro que también hay personas que se tiran por el balcón de un séptimo piso antes de morir como San Lorenzo. Es lo que tiene la desesperación. Allen Carr, su autor, es un asesor financiero, ex-fumador ("no fumador", diría él), más listo que el hambre, que un día pensó "ahora o nunca" y puso sobre papel su experiencia. Además, patentó el método "Easyway" para dejar de fumar, con centros presenciales de terapia en Barcelona, Madrid y Los Corrales de Buelna (Cantabria). El equipo de "quitadores" (instructores) también se desplaza a otras capitales periódicamente.
Siento cierta admiración por Allen, o por lo que ha conseguido dejando de fumar --han sido tantos días viendo su nombre sobre mi mesita de noche...-- pero no aconsejo la lectura del libro-ladrillo, a menos que no tengas amigos, en cuyo caso da lo mismo en que forma emplees tu tiempo. También diré que no es lo mismo leer el libro-ladrillo mientras fumas pero buscas ayuda, a leerlo, como yo, cuando hace más de nueve meses que lo has dejado (¿equivocada estrategia de márqueting de la editorial quizá?) y más cuando el texto repite incesantemente que la vida sin humo es Dios y Carr su profeta, que la fuerza de voluntad no vale una mierda, o crea expectativas como un capítulo que se llama "El hambre" (ahí me ha dolido, vaya) y cuyo contenido no pasaría un tribunal deontológico si se tratase de una promesa publicitaria. Vamos, que no voy a perder más el tiempo. Os recomiendo un paseo por los enlaces que os ofrezco y que os gastéis los casi diez euros que cuesta el libro-ladrillo compartiendo cervecita con algún amigo, ahora que tenemos el verano en puertas. Coincido con Fernando Trueba en dos cosas: creer en Billy Wilder y dejar libros a medias. Hay tantos libros para leer, y la vida es tan corta, que si empiezo uno y no me atrapa lo dejo sin remordimiento. O no es el momento o no es el libro. O ambas cosas.

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